Despedidas [Marcos Pou]


Pocas películas tienen el valor y la habilidad de adentrarse en tantos marcos o ámbitos a la vez. En “Despedidas”, Yojiro Takita habla de la búsqueda del padre, de la amistad, de las relaciones sentimentales, del abandono, de la tristeza, de la búsqueda del hombre… Y, sobretodo, de la muerte. Y llama poderosamente la atención la variedad de registros con que trata dichas escenas: algunas son abiertamente cómicas, otras dramáticas, y todas ellas entrañables.

Esta película japonesa nos sorprende desde el principio. Estoy seguro de que muchos de nosotros tuvimos la tentación de dejar la película a los escasos 10 minutos de empezar, ya que se abre el telón con una escena grotesca y de entrada extraña (sobretodo a ojos occidentales, desconocedores de la tradición japonesa). Gracias a Dios, Yojiro Takita tira de “flash-back” y re-empieza la película con más tacto. Nuestro protagonista es Daigo Kobayashi, un violoncelista que toca en una pequeña orquesta (sin duda un trabajo interesante). Por desgracia dicha orquesta se disuelve y Daigo se ve obligado a mudarse con su esposa en busca de otra vida.

La aventura empieza ahora. Daigo (Masahiro Motoki) y su mujer (Ryoko Hirosue) pasan a vivir de nuevo en la casa de la madre de Daigo. Es fácil entender qué supone para éste volver a su casa: su rostro expresa sin ninguna duda que supone un peso, un “volver atrás”; y supone también aceptar el fracaso de su “proyecto personal”, el de vivir de forma independiente con su mujer (vender el violoncelo es sin duda la culminación de su particular naufragio vital). Pese a que el personaje de Daigo deja intuir que algo se esconde en su pasado, poco nos dejan saber a estas alturas de la película sobre la historia que se esconde detrás.

Cuando Daigo encuentra trabajo, y se entrevista con el curiosísimo personaje interpretado por Tsutomu Yamazaki (embalsamador), el director aprovecha para concedernos un pequeño respiro, cargado de escenas cómicas e irónicas (el trabajo en la “agencia de viajes”). Cabe destacar la divertidísima escena del ensayo que sufre Daigo vestido y maquillado como un cadáver.

Daigo, casi sin saberlo, va a empezar a trabajar como embalsamador, o “preparador de muertos” (dicho vulgarmente). Para nosotros, occidentales, quizá se trate de un trabajo extraño y de poca importancia, pero para la tradición japonesa (como para muchas otras) el ritual funerario es algo importante, algo a lo que prestar atención, porque para muchos japoneses (por lo menos aquellos que siguen viviendo la tradición) la muerte es un hecho absolutamente religioso, en el sentido de que tiene que ver con la relación con lo Misterioso, con el Misterio. El ritual funerario (llamado “nokanshi”) consiste en preparar y adecuar el cuerpo del fallecido para dignificarlo y purificarlo en su viaje al encuentro con Dios, porque en el shintoismo (religión por excelencia del pueblo japonés) la muerte se considera algo impuro (como en muchas otras religiones). Pero Daigo (como todos nosotros) no va a entender y vivir este trabajo en toda su dimensión hasta que ve a su maestro entrar en acción.

Sin duda supone una sorpresa para todos ver cómo el maestro de Daigo prepara el cuerpo de la mujer fallecida. Es algo que a nuestros ojos sigue pareciendo extraño incluso cuando lo hemos visto varias veces (como cuando masajean los músculos de la cara o las extremidades de los muertos), pero poco a poco se convierte en un acto digno, cargado de un respeto y de un trato me atrevería a decir casi virginal, en el que la banalidad del cuerpo se trata con una ternura y distancia dignos de un rey (choca desde el principio cómo los “embalsamadores” limpian el cuerpo desnudo pero cubierto de los muertos).

Daigo a partir de aquí va a sufrir un enamoramiento hacia su nueva profesión. Hasta tal punto que cuando su mujer y sus amigos muestran su rechazo a lo que se dedica, él tendrá que decidir si la verdad de que hay una dignidad y belleza en esta profesión prevalece sobre la “impureza” que le achacan. Es una parte de la película interesante ya que se juega qué es prioritario para el protagonista, y el chantaje emocional de su mujer será una dura batalla para él. Pero, ¿qué le sucede a este hombre viendo cómo trabaja su maestro y trabajando como para que se mantenga en sus trece? Qué belleza hay en “tratar cadáveres”?

Me interesa detenerme en este punto porque creo que es el mensaje más potente que nos lanza el director. Primero: Daigo es un artista, y como se ve en la película, tiene una pasión por el chelo, por cómo el chelo le permite expresarse, por la belleza de las piezas de chelo, y por lo tanto tiene una agudeza y una necesidad de belleza evidente. El director, cuando nos bombardea con las escenas de él embalsamando y luego tocando el chelo, ¿qué nos dice? Que cuando Daigo descubre que esta profesión puede ser un arte se enamora. Pero… ¿qué es lo que hace que sea arte? Muy sencillo: que suscita lo humano, lo íntimo, que despierta lo que es el corazón o alma. Se hace evidente en dos ocasiones: cuando toca para sus compañeros en el despacho el “Ave Maria”, ¿qué sucede? Se llenan de silencio, les invade la nostalgia, se despierta el corazón. Y en el trabajo se ve de una forma muy interesante: a todos los familiares que testimonian su trabajo se les despierta algo íntimo en la relación con el fallecido; uno es rencor, otro es perdón, otro tristeza, otros la ternura… En definitiva, cuando ven el rostro “acabado” del familiar o amigo, sufren un “despertar” de lo que la sociedad de hoy censura, pero que la muerte vuelve a traer. Y siguiendo con esto paso al segundo mensaje del director: La relación con el Misterio, con el “más allá”, es algo natural e innato en el hombre. Así lo demuestra el amigo de Daigo cuando muere su madre, necesita preguntarse a dónde irá, si volverá a verla; porque a pesar de que hoy en día parezca que no es así, somos relación con Algo más grande.

Nos estaríamos olvidando de media película si no nombrásemos la relación de Daigo con su padre. En la película se trata con una ternura preciosa cómo para Daigo, a pesar de su rencor, le es imposible olvidar a su padre; y cómo el camino que él hace para perdonarle, en el recorrido que hace con su profesión, en la relación con su mujer (que le acompaña de una forma admirable) y con su jefe, él va “aclarando” en su memoria el rostro olvidado del padre. Existe una relación evidente entre el despertar humano y religioso del que hablábamos antes y la búsqueda del padre de Daigo.

Sólo me queda mencionar que se tratan de interpretaciones espléndidas, sobretodo las de Masahiro Motoki y Tsutomu Yamazaki (su maestro), con unos matices riquísimos, capaces de hacer reír o llorar. Y por último que la imagen y la banda sonora no hacen más que mejorar la película, dándole una clase, un tacto y una inteligencia dignas de la cultura japonesa. De hecho es algo que uno piensa a lo largo de toda la película: “Que fría la cultura japonesa: ni siquiera se tocan, pero… ¡qué respeto!”

 

de cinealdesnudo

3 comentarios el “Despedidas [Marcos Pou]

  1. Sé que sonará snob, pero tras media hora opté por visionarla en v.o.s…. Y la verdad es que gana mucho: doblada los personajes suenan histriónicos.
    Por lo demás, me llamó mucho la atención el contraste entre la delicadeza de los embalsamadores y la vulgaridad de los funcionarios de la funeraria. No es el mero contacto con la muerte, sino la forma de presentarse ante ella la que opera el cambio en Daiyo. Y para ello veo imprescindible el
    acompañamiento del “maestro embalsamador”.

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